De puño y letra

Editorial de don Manuel Elgueta: "Desembarco en el Tabancura"

22 de Marzo de 2021

Una cálida mañana de diciembre de 1990 llegué, desde mi querida ciudad jardín, Viña del Mar, a presentarme a una entrevista de trabajo al Colegio Tabancura. Al llegar frente al colegio lo primero que llamó mi atención es que estaba ubicado en medio de un parque con árboles altos y antiguos, con un cerro de fondo y junto a un río, bastante caudaloso en esa época.  Como provinciano nacido junto al mar, el observar y contemplar la naturaleza es parte de mi ser. Con esto quiero decir que para alguien nacido en Valparaíso y criado en Viña la visión se mueve en varios planos: arriba, abajo, adelante. Si estas en el plan de la ciudad, miras las calles hacia adelante y levantas la vista para observar los cerros o el cielo, si estas en algún cerro, bajas tu vista para mirar el mar. Más tarde me percaté que la mayoría de los santiaguinos aprecian poco el entorno: no miran el cielo ni  aprecian el pasar de los distintos tipos de nubes o, simplemente,  no les fascina el vuelo de una bandada de pájaros cruzando el aire. Aclaro que esta fue mi impresión hace treinta años. Hoy en día, hay que estar atento a todo en la ciudad.

En la portería estaba otro postulante, era don Mario Ulloa. Don Juan, el portero, me hizo ingresar a la casa blanca donde fui entrevistado por don Nilz Bustamante, don Francisco Javier Valdés y finalmente por don Diego Ibáñez.

Más tarde mi regreso a Viña del Mar fue desandando el camino: llegar a la Estación Escuela Militar, en uno de esos colectivos Vitacura de la época, que tenían -más bien le hacían- capacidad para cinco pasajeros, más el chofer. Además, en reiteradas ocasiones el último pasajero en subir tenía el “privilegio” de ir afirmando la puerta que no cerraba bien. Luego el Metro,  el Terminal Pullman Bus que me llevaría a mi querida ciudad.

"Ese espíritu de servicio al observar el entusiasmo de nuestros alumnos, limpiando, ordenando, cocinando, pintando, compartiendo con niños, enfermos o abuelitos en las Visitas de Misericordia"

Tuve una buena impresión de la entrevista y esto se corroboró algunos días más tarde cuando recibía la llamada que había sido aceptado.

Atesoro muchos hermosos recuerdos en estos treinta años.  Uno de los que más valoro fue el haber acompañado, el año 2001 y 2004,  a grupos de alumnos del colegio a perfeccionar su inglés a Washington D.C.  En ambas ocasiones estuvimos en una pequeña y bella ciudad con aires coloniales llamada Alexandria. Los alumnos vivían con familias norteamericanas y durante la semana asistían a clases a un instituto, desde las 08.30 a 13.30 horas.  En las tardes visitábamos museos, lugares de interés o bien los alumnos jugaban una pichanga en los jardines del mall frente al Capitolio.

Me tocó alojar durante esos dos meses con un matrimonio que se convirtió en mi segunda familia. Una pareja formada por Eleanor y Albert: él norteamericano, ella alemana que vivió los horrores de la Segunda Guerra Mundial en su infancia. Sus ejemplos de vida me han inspirado en duros momentos, y su lema de vida puso las palabras que definen también el mío: “Service is my prayer”. En estos treinta años he sido testigo de cómo cada día, alumnos, profesores, auxiliares y padres hacen vida este lema. Generaciones que han trabajado entregando algo de sí al prójimo, como cuando profesores jefes, junto a alumnos y padres organizan cada detalle de una kermesse, o bien cuando acompañan a los  alumnos en  su Viaje de Estudios (uno de mis recuerdos más queridos al dejar el  colegio), o el  estar con los alumnos de tercero medio en sus convivencias para la Confirmación, las que culminaban compartiendo unas ricas hamburguesas.

Vemos, también,  ese espíritu de servicio al observar el entusiasmo de nuestros alumnos, limpiando, ordenando, cocinando, pintando, compartiendo con niños, enfermos o abuelitos en las Visitas de Misericordia.

O los recuerdos del Día del Colegio, con profesores animando a sus cursos en cada prueba. Profesores jóvenes y atrevidos en los años noventa, cruzando una cuerda en el caudaloso río Mapocho de esa época, para atajar a los alumnos que venían en sus improvisadas balsas desde el puente Nuevo.

Son muchos los recuerdos de profesores  que compartieron más de alguna conversación conmigo y que han dejado su impronta en nuestros alumnos con su  profesionalismo, caballerosidad  y buen humor.

Valoro enormemente el estar junto a los alumnos en un proceso constante de aprendizaje y formación. Agradezco al  gran maestro de generaciones de profesores: don Diego Ibañez Langlois, a quien siempre  recuerdo con mucho cariño, junto a mi querido padrino de Confirmación, don Ulpiano Baranda

Finalmente, reconozco y aprecio el apoyo y preocupación del Consejo de Dirección en muchos significativos momentos, preocupados siempre del ser humano, demostrando con ello que somos más que un grupo de profesionales haciendo su trabajo.